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jueves, 27 de enero de 2011

ARTURO RUIZ DEL CASTILLO (Pancho del Prado)


Biografía de Arturo Ruiz del Castillo

Este hombre ha sido uno de los compositores grandes que ha tenido, no sólo la música parrandera, sino la música antioqueña y colombiana; compositor muy prolífico, que ha hecho obras en todos los ritmos; y aunque poco se le ve en la calle, si usted se lo encontrara, nunca se imaginaría que este hombre de aspecto tan sencillo sea el compositor de obras musicales tradicionales y que usted ha bailado y disfrutado, como: MARÍA TERESA, EL JAR­DINERO, ENTRE CALI Y MEDELLÍN, LA NIÑA PREGUN­TONA y muchas, pero muchas más.

A su casa de habitación en el barrio Manrique de Medellín, fui llevado por los compositores Arturo Zuluaga y Valedor Ramí­rez, quienes me presentaron a un señor muy amable, robusto, de aspecto plácido, charlatán y amigo de los amigos; uno se podría quedar con este señor hablando días enteros, pues como estuvo tan metido en el bagaje de las empresas disqueras y de los artistas de aquella época de oro, conoce a la mayoría de los protagonis­tas, aunque ya —debido a su edad—, olvida algunos detalles.

Y con esa parsimonia propia de los veteranos, para los que de ninguna manera cuenta el tiempo, esto nos comentó, después de mostrarnos tres inmensos tomos, donde están escritas casi 4.000 canciones que este hombre ha hecho:

"Soy hijo de padres campesinos; a mi padre no lo conocí porque a los tres meses de estar vivo yo, se fue, pues una mujer le echó mano y se lo llevó; porque cada que venía pa'ca, pá' la casa, le daba eso tan raro y tenía que devolverse; yo lo conocí por fotografías, tenía una carbonería, pues él era carbonero; yo nací aquí en Medellín, en el barrio Villa Hermosa, y a los tres meses el hombre se perdió y yo no lo conocí.

Entonces nosotros empezamos a rodar, a rodar, a rodar, muy pobres.... pero muy pobres, pues imagínese a mi mamá sola para criar 8 hijos, ¡ah!

Yo me eduqué en la Normal de Varones y como era muy bueno pa'l dibujo, yo le hacía los dibujos a los compañeros y ellos me daban el 'algo'; claro que el 'algo' en ese tiempo era un centavo, pero eso era buena plata, porque fíjese que uno iba a Guayaquil donde le daban un plato de fiijoles, pezuña, arroz, ma­zamorra y todo eso por 5 centavos. Pero un día Don Pastor Londoño —que era el profesor—, les dijo a mis compañeros:

—A ustedes, ¿quién les está haciendo estos dibujos, que todos salen tan parecidos?

Después de las amenazas del maestro, ellos me aventaron:

—Ruiz, ¿usté por qué está haciendo esto?

—Don Pastor, yo soy muy pobre, y ellos por eso me dan pa'l 'alguito'.... ¿es que es algún pecado o qué?

—No, no, no, mejor dicho, después de que le den el 'algo', hágale los dibujos a todos.

A1 fin del año el profesor me regaló unos libros de dibujo, cuadernos grandes de dibujo y esto me fue animando mucho; claro que la fiebre mía era hacer terracotas, pues yo me iba para una cañada a sacar barro y hacía imágenes, y la gente me decía:

   ¿Por qué no me vendes una de esas?

—No, no, no, yo no sé nada de'so.

Hasta que una vez el Padre Suárez, español, de la Parroquia de Boston, me mandó a llamar:

—Oiga joven, a mí me han hablao de usté, dígame cómo se llama.
—Yo me llamo Arturo Ruiz del Castillo.

   ¿Del Castillo?, ¿ese apellido de dónde es que yo no lo conozco?

Y resulta que ese Del Castillo, yo lo había derivado del ape­llido de mi mamá, que era Castaño y me gustó más Ruiz del Castillo, que Ruiz Castaño.

Oiga pues.... oiga pues, y fue pasando el tiempo, el tiempo, el tiempo y ya hice unas imágenes más altas, esto fue en la época en que se veneraba aquí al Niño Jesús de Praga; yo hice una imagen del Niño Jesús de Praga y entonces una tía me dijo:

—Arturo, ¿por qué no lo rifás y pones las boletas a 5 centa­vos?

—Vea hombe, no está ni mala la idea.

Saqué boletas y boletas, lo rifé, y se lo ganó mi tía. Claro que ese oficio no lo pagaban muy bien y yo no sabía trabajar el yeso; pasó el tiempo y me dio por pintar paisajes, llené la casa de paisajes, y dice mi mamá:

   ¡Arturo por Dios!, ve cómo me estás volviendo la casa, ¿por qué estás haciendo eso?

—Tranquila mamá, que yo después cojo cal y blanqueo.

Y ese fue mi principio; haciendo murales en mi propia casa. Luego arreglé la casa, y comencé a pintar cuadros en cartones, y cuando tenía bastantes, me dice un amigo:

—Arturo, vamonos a recorrer, y yo te ayudo a vender todos esos cartones.

Y nos fuimos hasta el ferrocarril de Amagá; de la estación de este pueblo salimos a pie hasta Fredonia, donde un peluquero nos cambió dos peluquiadas por un cuadro; después nos cogió la que no falta.... el hambre.

—Arturo, ¿vos no tenes pa' comprar nada?

—Yo qué voy a tener, hombe.

Llegamos a un restaurante, donde dimos otro cuadro por un par de almuerzos; y seguimos almorzando apunta'e cuadros, hasta que atravesando potreros y corriéndole a vacas y toros, llegamos de noche a La Pintada —población a orillas del río Cauca—, sitio donde se encontraban los dos ferrocarriles del occidente co­lombiano, el de Antioquia y el del Pacífico, y como no teníamos dinero, nos acostamos en dos vagones de trenes que estaba parqueados; él se acostó en uno y yo en otro, y caímos como privados después de tanto caminar; incluso 8 o 10 cuadros que todavía nos quedaban, se los robaron, pues nosotros del puro cansancio, no nos dimos cuenta y creíamos que al otro día al despertar, seguiríamos por ahí pa' esas fincas; pero lo cierto fue que el vagón donde mi amigo durmió iba pa'l Valle, y despertó por allá muy lejos; y el mío era del Ferrocarril de Antioquia, en­tonces desperté en Bolombolo; volví a La Pintada y allá estaba mi amigo que había vuelto del Valle, y nos fuimos pa' Valparaíso a coger café.

   ¿Saben coger café?

—No sabemos, pero queremos coger café.

Este oficio no nos gustó porque pagaban muy poquito; en­tonces a pura uña, fuimos atravesando pueblos.... hasta que lle­gamos a Pereira; y allí se me perdió mi compañero, pues Pereira era una ciudad y pertenecía al departamento de Caldas.

Oíste pues.... yo empecé a buscar la manera.... y estándola buscando fui a dar a la cárcel:

   ¿Usté qué está haciendo?

—Buscando trabajo.

—Entonces venga búsquelo conmigo.

Y me llevaron pa' la cárcel, pero yo pensaba:

—Bueno, aquí siquiera no tengo que pagar arriendo ni co­mida.

Pero luego me soltaron, pues se dieron cuenta que yo no era malhechor, y entonces me fui p a' Manizales; de ahí, en cable aé­reo, resulté en Mariquita, y por cosas del destino volví a Pereira, donde un señor me dio trabajo y hospedaje; allí pinté un cuadro que ganó una exposición, pero quien me patrocinaba se lo robó.

Un día me fui pa' misa a la Valvanera en Pereira, y cuando salía, vi una viejita ¡igualitica a mi mamá!, y me dije:
—Hombe, ¿qué está haciendo mi mamá por aquí?

Me puse a seguirla, corrí mucho y nunca la alcancé, hasta que en medio de la gente se me perdió; entonces yo me quedé pensando:

—Esto es un aviso.... esto es un aviso.

Y como pude, me fui, arreglé las maletas y me vine pa' Medellín a la carrera.

   ¡Mamá!, ¿usté estuvo en Pereira?

—No mijo, yo no me he movido de acá.

Pasó el tiempo y me puse a pintar avisos, y pasé toda mi juventud en el barrio Pativilca o Ratón Pelao; después un señor Don Camilo —que había sido amigo de mi papá—, me alquiló un local, pagándole 3 pesos mensuales; y a ese local llegó mi amigo, el que se me había perdido en Pereira. Posteriormente, con unos amigos, me fui para Zaragoza y Remedios, donde pasamos mu­chos trabajos, ya que nuestra intención era llegar a Barranquilla, pero todos se devolvieron; yo me embarqué por el río Magdale­na.... y por fin llegué a Barranquilla; ¡allí aguanté tanta hambre!, que un día me desmayé y me llevaron pa'l hospital; despierto yo con esa sed tan verrionda y me dice un costeño:

—Paisa, tome un poquito de esta mazamorra que me la tra­jo mi mamá.

Yo me la llevé a la boca, me mando un tremendo sorbo.... y la tuve que botar; pues era mazamorra salada.

Volví a Medellín—más o menos en el 48—, me comentaron que había un local para arrendar; era carito, pues valía 60 pesos mensuales, que era mucha plata en ese tiempo; recuerdo que an­tes yo había tenido otro local cerca de la iglesia de San Antonio —Palacé con San Juan—, y sólo pagaba 8 pesos mensuales; este nuevo local me valía 60, pero era mejor punto, pues estaba donde se encontraba la competencia. De'ste nuevo taller brotó un semillero musical muy grande, pues de ahí—por conducto mío—, salió mucha gente; no lo digo con orgullo, pues me ha gustao ser sencillo, pero sí tuve que ver en el triunfo de muchos artistas; y allí, donde uno se mojaba cuando caía un aguacero, cualquier día comenzaron a llegar guitarras; yo no tocaba guita­rra, sino que le jalaba un poquito al acordeón, incluso yo grabé algunos discos tocando acordeón, tangos y valses campesinos, nada parecido a lo que hacen los hijos míos, que son músicos profesionales; a ese taller iba el perro y el gato, ¡ claro!, como yo les daba dormida, pues en mi taller se trabajaba hasta muy tarde y esa era la vaina; venían muchos músicos y se ponían a tocar, entonces la gente preguntaba:

   ¿Aquí enseñan música? —No, no enseñamos música.

Pero posteriormente yo conseguí un piano y guitarras, y eso lógicamente llamaba mucho la atención pa' la música, entonces esto atrajo mucho más músicos a mi negocio.

Vea le cuento cómo resulté yo de compositor.... un día apa­recieron en el taller dos morochos jóvenes, que tenían tipo de costeños y decían que eran dibujantes:

   ¿Están buscando trabajo?

   ¡Sí!, queremos trabajar.

—Llegaron donde no hay trabajo, pero aquí se pueden quedar.

Se quedaron y dormían en los bancos de carpintería, luego se levantaban y tan, tan, tan, tan, toque tambores y guitarra como un verriondo, ¿y sabe quiénes eran?... Dídimo Ospina y otro que no recuerdo, y entonces yo dije:

—Voy a componer una canción.

Pero eso me dio mucha dificultad, sin embargo compuse algo que se llama ENTRE CALI Y MEDELLÍN; a un bogotano le pregunté por los nombres de los barrios de Bogotá; y a un caleño, por los principales barrios de esta ciudad, pues los de Manizales yo ya los conocía.... y decían los trabajadores de la empresa:

—Don Arturo se va a enloquecer.

Saqué esa chorrera de barrios y comencé a 'espulgar', esto sí, esto no, en fin, hasta que hice mi número; los llamé y le dije a Dídimo:

—Ve, tengo una letra y una música que te compuse a vos.

   ¿A mí?, ¿usté es compositor?

—Claro hombe, yo soy compositor.

   ¿Sí?, ¿y cómo se llama esa mierda?

—Esa mierda se llama ENTRE CALI Y MEDELLÍN.

—Usté se va a ir pa'l manicomio Arturo, deje de marraniar con eso.

—Hombe, es que me gustó la voz tuya hombe; y ¿sabes por qué la compuse?; por vos, vos fuiste la fuente de mi inspiración.

—Ve, y hasta poeta se volvió este güevón; la fuente de mi.... hombe no me hagas reír.

—Parame bolas y móntalo.

—Qué voy a montar esa mierda, hombe.... cantalo a ver.

Entonces yo lo empecé a cantar:

   ¡No!, eso no sirve pa'nada.

Pero un cliente que estaba ahí, me dijo:

—Don Arturo, eso que usté estaba cantando, está muy bue­no, ¿eso es de'se negro?

—No, eso es mío, pero él dice que es mejor que yo me vaya pa'l manicomio.

Estábamos hablando cuando dice Dídimo:

—Consígame una orquesta.

'— ¿Orquesta?, ¿de dónde?, aquí no hay ni guitarrista siquiera.

Entonces el cliente, que era músico, me dijo:

 —Don Arturo, yo le consigo la orquesta.

Al rato viene y me dice que la orquesta nos estaba esperan­do; cogimos un taxi, llegamos cerca al café Ruso, y como que no faltábamos sino nosotros, porque ahí estaba toda la orquesta; El Gato que era trompetista, preguntó:

   ¿Quiénes son ustedes?
—Arturo Ruiz del Castillo y su cantante.

Se empañeron en que cantara yo; me guindé a cantar y dije­ron los músicos.

   ¡Eso está bueno!, está muy bueno.
    
Se ensayó varias veces y Dídimo no quería cantarlo; claro que cuando en Cali la hizo pasar como composición suya, ahí sí quería. Llamé a Don Alfredo Diez, y arrancamos ahí mismo para la emisora a grabarlo, entonces Dídimo se animó, se fumó un 'ca­cho' de marihuana; entramos a la sala y eso salió como un avión, yo estaba tocando la guacharaca; y de reverso le pusimos un tema llamado LA GATA:

Estaba durmiendo yo, estaba durmiendo yo
en casa de ña Cormaca
y un ruido me despertó, y un ruido me despertó
a las tres de la mañana....

¿Vos no lo has oído?

Estábamos Edmundo Arias y yo, grabando en Emisora Cla­ridad, cuando Hernán Córdoba me avisó que Jhonny Albino y EL TRÍO SAN JUAN —de visita en la ciudad—, necesitaban hablar conmigo. Me dice Edmundo:

   ¿Qué pasa Arturito?
    
—Ve con lo que me sale Córdoba.... ¿será un vacilón?

   ¡No!, ese señor es muy serio.... ¡llámalos!
    
Resulta que ellos habían llegado a Medellín, procedentes de Panamá, lugar donde Albino había escuchado ENTRE CALI Y MEDELLIN, entonces cuando llegaron aquí, eran enverriondaos preguntando por el compositor, y Córdoba les había dicho dónde me encontraba yo; ellos lo querían grabar, porque este número me lo han grabao cargas de gentes, LOS MELÓDICOS, Gabriel Romero y muchos otros.

Fuimos al hotel donde se hospedaba EL TRIO SAN JUAN, y dice el portero:

   ¿Usté quién es?

—Arturo Ruiz del Castillo.
—A usté es al que necesitan aquí.

Llegamos al segundo piso —yo iba con Dídimo—, y me dice Chago Alvarado:

   ¿Tú eres Arturo Ruiz del Castillo?, siéntate para que de­sayunes con nosotros.

—No tranquilos, yo acabo de soltar la cuchara.... yo los espero aquí.

Y era que querían grabar mi obra en Estados Unidos, pero necesitaban mi autorización; me pidieron que la cantara y enton­ces comencé:

Señor chofer
señor chofer
señor chofer quiero a Cali conocer....

Y dijo Albino:

   ¡Ese es el que necesitamos!

—Muchachos, quedan plenamente autorizados.

—No le vamos a cambiar nada, la grabaremos tal como usted la compuso.

Y así la grabaron.

LOS MELÓDICOS en Venezuela también hicieron de este número todo un exitazo; pero Manolo Monterrey me escribió so­licitando que les permitiera el cambio de letra, de acuerdo con Venezuela o Caracas, y asi lo hicieron.

Jin Laí, es el seudónimo que utilizo, cuando saco canciones que no son 'guascas' sino como tirando a poemas; y me puse así no por nada en especial, sino simplemente porque yo soy capri­choso.

Llegó un momento en que el nombre de Arturo Ruiz del Castillo, estaba totalmente en la olla, estaba quemao, quemao, quemao, porque yo grabé discos en cuatro marcas de cuenta mía, Arpegio, Arpa, Récord y Sonoro; ya no se vendían casi los dis­cos, entonces dije me voy a poner Pancho del Prado, porque en esa época estaba Pérez Prado botando la pelota y dije, pues la voy a botar yo también.... y me puse Pancho del Prado.
En cierta ocasión fui a Codiscos, y quien recibía el material era David Ocampo, que me había conocido siempre como Arturo Ruiz del Castillo, entonces preguntó:

   ¿De quién son estos números?, ¿de Don Arturo?

—No; son de Pancho del Prado.

—Arturo, y ¿por qué te vas a cambiar el nombre?

—Simplemente porque me dio la gana.

Y lo de Pancho, es porque soy muy bajito; en realidad me cambié el nombre porque yo soy agüerista y pensé que éste me traería suerte, y lo cierto fue que resultó un éxito, éxito, éxito.

Yo soy un compositor autodidacta, o sea que yo mismo me hice; entonces mi fuente de inspiración está aquí arriba (y señala el piso de encima de la casa); y entonces mi señora me dice:

   ¿Vos qué haces tanto aquí arriba en la plancha?, ¿vos qué haces tanto allá?

Yo miro el panorama, desde ahí de la plancha miro la lejanía, oigo cantar los pajaritos, quienes siempre me contestan cuando yo los llamo.... y esa es la fuente de inspiración.

Temas como CANTA EL GALLO, MARÍA TERESA, EL JARDINERO y otros, todos son imaginarios; y de la vida real son muy pocos.

¿Cuántas composiciones he hecho?... ¡noooo!, pues vea, mire —y señala los tres tomos donde se encuentran las letras de casi 4.000 composiciones—; las he compuesto en todos los ai­res, corridos, paseos, tangos, boleros.... en fin.

El tango YO VALGO MÁS, me dio esta casa; yo se lo com­puse a LOS RELICARIOS, pero si usté le pregunta a ellos, le van a responder:

   ¿Arturo Ruiz del Castillo?, nosotros sí lo hemos oído men­tar; pero no lo conocemos.

Un día apareció por mi taller un muchacho muy pintoso lla­mado Óscar Agudelo, y me dijo:
   ¿Usté es Don Arturo Ruiz del Castillo?, es que me envia­ron, dizque porque usté tiene un repertorio muy bueno para mí; y como yo no he grabao, vengo a ver qué canciones me reco­mienda.

En ese momento estaban ahí LOS RELICARIOS.

—Muchachos, canten el tango YO VALGO MÁS.

Después de escucharlo dice Óscar Agudelo:

   ¿Ese es el tango?... a mí no me gusta eso.
    
   ¡Chóquela!; yo soy el autor, y de esa música es que yo tengo; pero yo no conozco su voz, así que ¿por qué no canta?

Los muchachos del TRIO PALMAR—que no salían de mi taller—, acompañaron a Óscar Agudelo cantando LA CAMA VACÍA, entonces yo le dije:

—Usté tiene una muy buena voz, así que cante lo que usté sabe cantar, y no pierda tiempo buscando nuevos repertorios; vea, vayase ya mismo pa' Codiscos, que allá lo están esperando pa' grabar.

—Pero, perdóneme Don Arturo.

—No hombe, eso no tiene nada que a usté no le gusten mis tangos, no se preocupe; quedamos de amigos.

Fue a Codiscos e inmediatamente lo hicieron exclusivo; y a mí me dijeron:

—Don Arturo, dele a este muchacho uno de sus tangos.

—Hombe, pero si a este muchacho no le gustaron mis tan­gos hombe;vea, vamos a hacer una cosa, grábenle el tango YO VALGO MÁS a LOS RELICARIOS, que ustedes no se lo han querido grabar a ellos; y yo pago de mi bolsillo, si con esa graba­ción tienen alguna perdida.

—Fíjese lo que está hablando.

—Si, yo sé que estoy hablando y yo les repongo, si es nece­sario, hasta con el último centavo; yo no estoy loco.

Entonces Don Alfredo Diez aceptó, se grabó YO VALGO MAS y es de los más grandes éxitos que tuvieron LOS RELICARIOS; y cómo sería, que un tipo vino a comprarme la autoría del discos por 5.000 pesos—que era bastante plata en ese tiempo—, y me subió hasta 15.000 pesos y yo no acepté, porque ese disco en ese tiempo se vendía era por grandes paque­tes. Un tiempo después, cuando Óscar Agudelo ya era artista consagrado me dijo:

—Don Arturo, ¿se acuerda que yo le dije que no me gusta­ba ese tango suyo?, y ahora está regao por todo Colombia; si usté viera cómo me ha pesado no habérselo recibido a usté.

Un día llegó un señor a mi taller, y me dijo:

—Yo soy El Caballero Gaucho.

— ¡Eh!, ¡por fin te conocí!

—Vea Don Arturo, grabé su tango YO VALGO MÁS, que es un éxito por LOS RELICARIOS, pero en Cundinamarca, el Tolima y todo eso por allá, no lo baja nadie en la voz mía.

Y al parecer hubo algún problema, porque del disco que grabó El Caballero Gaucho yo no recibí 10 centavos.

Con las regalías a mí todas las casas me han dao garrote; vea, esta semana supe de una grabación mía, MARÍA TERESA, que la grabaron y la han vendido mucho; fui a reclamar las rega­lías. ... y me entregaron 6.000 pesos.

Estaba yo tocando acordeón, en una fábrica llamada Silver cuando conocí a Edmundo Arias, y ese mismo día también cono­cí a Raúl López, pero cantando tangos; antes de salir de la fábrica me dice un músico.

—Oíste, ¿estás viendo aquel moreno que está allá?

   ¿Ese negrito?, ¿quién es hombe?

—Está loco de ganas de hablar con vos.

— Sí, pero, ¿quién es?

   ¿Voz no conoces a Joaquín Arias?

   ¡Cómo no lo voy a conocer!

—Es hijo de Joaquín Arias; y es un gran compositor y gran músico; está esperando que vos le ayudes, te está buscando es a vos.

   ¡No!, no me lo presentes.

Inmediatamente me fui hasta mi taller, y al momentico, yo veo que el hijo de Joaquín Arias venía pa'l taller; llegó y me dijo muy seriamente:

   ¿Cómo está señor?

Yo me reí un poco, y entonces agrega:

   ¿Tiene conciencia de reírse?
    
—Ve, perdóname, ¿pero vos venís es a matame?

—Depende de lo que usté me conteste.

Y al hombre se le notaba la rabia por encima, pues venía como dispuesto a todo.... y me pregunta:

   ¿Usté conoce a Saúl Orrego?

   ¡Claro!, Saúl es gran amigo mío.

   ¿Dónde estuvo usté con él ahora por la mañana?

—Grabando unos discos en Silver.

   ¿Que le dijo usté a él cuando quiso presentarme a mí?

—Ve hombre, perdoname la franqueza, pero vos no me caíste bien y le dije que no quería conocerte; ¿pero vas a peliar con­migo?

—Admiro la franqueza que tenes; choquemos la mano, por­que si veo que reculás y echas pa'trás, ve lo que traía para vos.

Y ese hombre que era tan sano, se había sentido tan ofendi­do que traía un cuchillo en la mano, y si yo me pongo de bravero seguramente me hubiera pasao al papayo.
—Choque otra vez esa mano, pues desde hoy usté va a ser mi mejor amigo; y lo felicito, porque así como usté me lo dijo, así le dijo a Saúl.

En ese momento a este hombre —Edmundo Arias—, nadie lo conocía, era un total desconocido que acababa de llegar a Medellín.

—Don Arturo, estoy para servirle desde ya, porque yo sé que usté es la vaca que más caga aquí en Medellín; aquí han veni­do a buscarlo caleños, costeños y manizalitas, y hoy vengo yo a buscarlo; soy de Tuluá, usté tiene aquí mucho trabajador, despe­gúese de unos pesos y mande a comprar lo que más se pueda de papel de música, y choque la mano; pero me presenta los músicos que vienen aquí, pues usté es la vaca cagona y yo quiero conocerlos; a mí no me conoce nadie aquí y estoy aguantando hambre; soy compositor, soy músico, toco muchos instrumentos, pero me dijeron que usté es quien me va ayudar a mí.

   ¡Ah!, yo le ayudo con mucho gusto.

—No vaya a tomarlo a mal, pero necesito 30.000 pesos para cubrir unas deudas que tengo.

Y 30.000 pesos en ese momento.... eran pero mucha plata.

—Una de las cosas que voy a hacer con ese dinero, es sacar el bajo que lo tengo empeñado.

A Edmundo sólo le faltaba vivir en mi taller, porque allá se mantenía.

—Consígame unos músicos bien buenos.

—Yo conozco unos que tocan con Lucho Bermúdez.

—Esos me sirven.

Le traje un poco'e músicos, entre esos a Lito Paniagua y Ramón Paniagua; llegaron los papeles de música.... y este hom­bre comienza hacer arreglos. Fuimos a la empresa con arreglos, músicos y canciones, y me dice Don Alfredo:

   ¿Quién es ese morocho que está parao allá contra esa columna?

—Enseguida le digo, espere que arranque la orquesta.

Volvió a insistir:

   ¿Quién es ese morocho?

—Es un hijo de Joaquín Arias.

   ¡Cóoomo!, ¿hijo de Joaquín Arias?, ¿y él es el arreglista de'so?, ¿o es suyo?

—Todos los temas son míos, pero él es el arreglista y el director de la orquesta.... ¡y espere pa' que oiga cómo suena!

Edmundo era tan noble que la noche anterior me había dicho:

—Ve Arturito, vos te has manejao muy bien conmigo, ni un padre se maneja con uno como te manejás vos; te voy hacer un regalo y no me vas a decir que no; todos estos arreglos que te estoy haciendo, te autorizo por medio de esta cosa, pa' que vos cobres esa plata.

   ¡Cóoomo!, ¡no!, un hombre que está aguantando ham­bre, ¡no!

—Vea Arturito, tiene que recibírmelos; tiene que recibírme­los o me mareo con usté.

   ¿Usté está trabajando para mí?

—Pero usté se mató por mí; y tengo que devolverle parte de lo que usté me dio.

Y me pagó hasta el último centavo. Esta orquesta fue la fa­mosa SONORA CABECENIDO.

¿Vos has oído mentar un cantante que ya murió, Edmundo Rivero?; ese ha sido uno de los mejores cantantes que me ha grabao a mí; y el primer disco que'l grabó era de Arturo Ruiz del Castillo, colombiano; allá gustó mucho esa obra y él la cogió, letra y música mía, QUIERO QUE SUFRAS y DOLOR PRO­FUNDO".

1 comentario:

  1. Les felicito y a la vez quisiera comunicarme con Uds. para compartir información. Estoy escribiendo un libro sobre autoresy compositores de pasillos en Ecuador. En este caso concreto necesito los datos biográficos de Ruiz del Castillo Arturo. Mucho agradeceré escribirme al mi correo marcoenrique1@gmail.com. Reitero la felicitación y también agradezco el poder comunicarnos.
    Marco E. Sánchez Matamoros - Machala - Ecuador

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